Barra adaptada

La barra estaba impoluta, brillante, repasada con ansia por su dueño una y otra vez. Ni una gota en la superficie. Ni una copa derramada. Por desgracia, ningún cliente. El bar de don Aparicio, para su congoja, sentía como las necesidades habían encerrado a cada familia en su casa, dejando de lado al hábito social por antonomasia.

Bajo el vaivén de un paño húmedo, ejerciendo un masaje desde la caja registradora hasta el surtidor de cerveza, los recuerdos de aquella barra de bar iluminaban el vacío presente. "Si la barra hablase", repetía Aparicio para sí. La nostalgia se inmiscuyó entre los pensamientos de una mente atormentada a base números y facturas.

Hubo una época en la que el bar se hizo muy popular. Hecho un chaval, Aparicio emprendió, junto a su prematura esposa, su mayor ilusión: montar un negocio y así sacar adelante a su familia. La cultura del boca a boca dio su fruto, gracias al poder de engatusamiento y humildad de los dueños. La alegría ilusionaba al negocio. El credo por relacionarse entre tapas era fuerte. No se ponía en entredicho las cualidades de aquella barra, siempre limpia y despampanante, rodeada de vida.

Muchas anécdotas recorrían el recuerdo. La barra había presenciado fiestas, reuniones, presentaciones, cenas, peleas, decepciones, ataques, noticias, eventos deportivos,… Era partícipe en cualquier actividad humana. Alegre o triste. Para Aparicio el cliente formaba parte de su vida, era su amigo y, como si fuera un cura, receptor de confesiones. La radio y, más adelante, la televisión fueron su mayor aliado. El ímpetu social provocaba entablar relaciones si uno salía con esa intención. El compañerismo brindaba sin prejuicios.

Pasaron los años y Aparicio añoraba disfrutar de felicidad e ilusión, pues la adaptación a los nuevos tiempos había impactado con fuerza. Los clientes ya no acudían por sistema y el lugar de reunión se había virtualizado. Los foros y las redes sociales suplían el calor de una copa en taburete. Él, negado a los ordenadores, no entendía tal situación. Tan solo asistían en tromba para celebrar cumpleaños, fechas señaladas o encuentros de antiguos compañeros. Esto sucedía en contadas ocasiones, pero daba gracias a ello, pues veía como las grandes superficies arrasaban con todo, en particular con el pequeño comercio. La barra estaba triste. La fortaleza menguaba. Debía resistir.

“Algún día cambiaran los hábitos y renaceremos”, se deseaba. El mundo se estaba transformando y Aparicio se propuso evolucionar para no perecer y adaptar su local con la ayuda de sus hijos. Escuchando sus necesidades, claramente contrarias a las suyas. La sorpresa fue la acogida primero por amigos y después por personas de otro perfil al que estaba acostumbrado. La barra aceptó su nuevo atuendo, sonriente.

“Renovarse es mantener la puerta abierta a la oportunidad”.

 

Daniel Harris Torres

Cruce de caminos

La vuelta fue igual de dura y completa. Llevaba demasiados días bajo su capa larga, apoyando su andar en el bordón, decorado con una calabaza. Su recogimiento, premiado con la concha, le había reavivado su afán por la cultura y los paisajes del norte de España. La noción del tiempo había desaparecido y, a la altura de Nájera, decidió cambiar el camino de regreso a su rutina. El peregrino extraviado se sumergió en otro itinerario; el de la lengua castellana. Con los cayos endurecidos, llegó a San Millán de la Cogolla y acudió al monasterio de Yuso para admirar su fervor religioso, artístico y arquitectónico y, allí, solicitar cobijo. Algo había oído hablar, pero, tan solo por sus ojos, le cautivó el ambiente a letras centenarias. Guiado por las Glosas, siguió su ruta hasta Santo Domingo de Silos, tal si fuera un monje de antaño. La sed de conocimiento se frenaba en cada paso, disfrutando de los patrimonios de la humanidad esparcidos por doquier. Cruzó ciudades como Valladolid, Salamanca o Ávila, cada cual aportándole nuevas sabidurías y admiraciones. Acabó en Alcalá de Henares, ciudad de Cervantes, inmerso en su capa raída por el paso del tiempo, luchando contra la tecnología y el estrés actual. Lo trataron de loco, como aquel famoso hidalgo.

Daniel Harris Torres

Cómplice de una noche aterradora

Silencio. Ni un ápice de movimiento. Hay una neblina espesa empeñada en amortiguar la noche. Ésta solo me deja apreciar la borrosa luciérnaga que empapa una franja irrisoria de la calle, a la cual me acerco. De repente, un estallido hace enmudecer al fanal. Me quedo sin un objetivo y, para colmo, la lluvia hace acto de presencia. Me pregunto dónde voy y no hallo respuesta. Sigo andando. La oscuridad cada vez es más intensa. Me paro y trato de tranquilizarme, pero no consigo encontrar diferencia entre abrir o cerrar los ojos y, además, la herida de la pierna me pide a gritos un descanso. La precipitación para en seco y el aire reseca las lágrimas. No puedo andar más, necesito sentarme y apretarme el torniquete. La noche avanza y no consigo recuperar ningún recuerdo. Súbitamente, un zumbido me hace estremecer. Abro los ojos y, poco a poco, dislumbro una sombra delante de mí. Reacciono saltando hacia atrás, topándome bruscamente con un hierro vertical y me cercioro de que se trata de mi propia silueta. Estoy debajo de la luz, cada vez más nítida, haciéndome descubrir que estoy embadurnado de sangre. Miro alrededor e intuyo que estoy en un camino, sin rastro de civilización. Me vuelvo a levantar con un esfuerzo ímprobo para continuar mi búsqueda y me alejo a ritmo de caracol. Mi mente languidecía reclamando un final. Sigo andando, a tientas. Me paro extenuado, pero un ruido en la maleza me pone en alerta. Tengo miedo. De pronto, veo un resplandor tembloroso acercándose. Dos sombras aparecen al lado de mi cuerpo agazapado sin detenerse. Pasan de largo y decido llamarles la atención poniéndome de pie, pidiendo auxilio. Un chillido ensordecedor me provoca un ataque y acto seguido noto un fuerte impacto en la cabeza. No recuerdo nada.

-El desmayo le hizo caer de la moto- dictaminó una voz clínica que me hizo despertar.

Daniel Harris Torres

El circuito de autómatas

Viajo dentro de un submundo, de un lado para el otro. El transporte se ha convertido en una necesidad y en una obligación para activar un todo. Darle vida. Un gigante mirando con lupa observando lo superficial, lo palpable. La ciencia y los medios le atraen a las entrañas.

Cada día me fijo en la rutina cambiante y pienso en qué pañuelo sonará hoy. Estoy en el andén, como tantos otros, después de pasar la validación, esperando a que llegue el objeto de la espera. Ríos de gente esconden identidades variopintas, pero en general cada uno va por libre. Conecto el mecanismo de aislamiento, lo coloco en mis orejas y me limito a estudiar las caras. La mayoría son semblantes serios o concentrados en sus asuntos, así que hago lo propio. Después de mirar cada pocos segundos el panel de destino, me relajo. Sigo la música. Estoy apoyado al lado de la puerta automática, agarrado a la barra que separa los asientos, y de repente me dan un toque en el hombro.

-¡Hola! Llevaba tiempo observándote desde la otra punta del vagón y me ha costado reconocerte- hizo una pausa, me miró a los ojos, se abalanzó para darme un par de besos y mi reacción fue defensiva-. Tranquilo, no te voy a hacer nada y entiendo tu incredulidad. Hay tantos años de por medio- reflexionó-. Soy Lidia. Me sentaba a tu lado en clase. ¿No te acuerdas?- concluyó a la espera derecibir una respuesta satisfactoria.

Después de haber echado el torso para atrás, me separé los auriculares y empecé una réplica filosófica. Las numerosas primaveras habían hecho mella en mi memoria y no conseguía darle una identidad cercana, pero reaccioné creyendo saber la respuesta. Puse cara de pensamiento forzado, mirando al techo y constatando el vaivén del movimiento. Al final decido no desvelar mis recuerdos nulos y me centro en interesarme por su vida, para pasar el mal rato. La conversación, escueta y general, sirve para conocer a alguien nuevo, aunque ya la conociera, según ella.

Dos paradas más tarde se baja y nos despedimos, ahora sí, con dos besos. Me ha dejado el móvil y referencias de dónde trabaja. En la siguiente salgo cuando suenan los pitidos, pensando en el encuentro y dando vueltas por mis recuerdos. Justo al subir las escaleras mecánicas me viene un flash. Pero no es de la infancia, sino de la tienda de al lado de la oficina. Resulta que trabajamos pared con pared.

Continúo mi jornada hasta la noche. Al volver, mi concentración está descansando y me entretengo con el hilo que sobresale de la manga de la chaqueta. En ese instante, con la mente en blanco, me viene a la cabeza una de las salidas de secundaria. En el autobús, camino de la Sagrada Familia. Justamente es ella quien está a mi lado.

Los días sucesivos la busco, pero no aparece. La llamo, pero no contesta. Poco a poco me acuerdo de más detalles y el cotilleo me puede. Mientras tanto, las caras siguen cambiando. Veo parecidos a conocidos, leo las portadas de los demás y me divierto con tantas modas. La rutina del recorrido reta un pulso a la monotonía. Cada individuo se desplaza dentro de un caos ordenado.

Por la mañana apago la televisión de las niñas. Los dibujos explican el cuerpo humano y todos sus movimientos internos. Tenemos veinte minutos para llegar al colegio y todavía no han desayunado.


Daniel Harris Torres

Alimento del alma

El beso fue toda una sensación esponjosa y fresca, análogo a sentir el burbujeo de una copa de cava en un buen atardecer de domingo. Poco se asemejaba a los roces de mejilla y mejilla, como amigos, antes de dar el paso hacia otra dimensión. Las horas habían pasado eternamente hasta el reencuentro anhelado. Ella, toda una mujer, sabía que una arma tan eficaz haría de la felicidad un descontrol premeditado.

Al verse, a puertas del restaurante, mantuvieron un ligerísimo y escueto contacto, pero sí un largo abrazo. Un tentempié suficiente para apaciguar la conciencia desarrollada en el tiempo alejado. Él, acicalado y nervioso, cedió el paso en cada movimiento, incluso en la elección de la carta. Degustaron suculentas pero diminutas porciones en platos inmensos, acompañados de oro espumoso, alimentándose de miradas penetrantes. La velada avanzaba y, con ello, se manifestaba un estado de embriaguez de evolución constante, con los sentimientos a flor de piel apunto de estallar.

Al salir del recinto, cogidos de la mano, anduvieron sonrientes y cautivados por las estrellas siguiendo el paseo. El impulso era muy difícil de controlar y saber dónde pisar el freno es aventuradamente delicado. Pero aquella noche no. Los dos buscaron para encontrarse.

La dulzura de la mejor escena de una película romántica ilustra la pasión de las almas enamoradas. 


Daniel Harris Torres

Lluvia

Seguía mis tareas inmune a las advertencias. Los medios anunciaban un puente pasado por agua, como otros tantos días en que pronostican la gran hecatombe y después no caes en la cuenta hasta que lo comentan en la charcutería.

-Iban a caer chuzos de punta- comentaba la tendera.

El sábado tenía cada hora anotada en la agenda: una comida familiar, el partido de fútbol, una feria del cava y una cena en la casa de unos amigos. Los actos se procedían sin alteraciones meteorológicas, salvo vislumbrar un paraje gris, de nubes negras, con la sensación de quiero y no puedo, como cuando necesitas ir al lavabo en sitio ajeno y no puedes aliviar el apretón.

Cansado por el esfuerzo para cosechar un empate a nada me dirigía a la feria, después de pasar a recoger a Silvia por la estación de Martorell. Durante el trayecto se empezaba a reflejar en la luna delantera un calabobos intermitente, pero al llegar a Sant Sadurní, la ciudad del cava, se proclamó una tregua de un par de horas. Lo justo para disfrutar de las degustaciones de los mejores cavas, el gran ambiente, las charlas trascendentales e intrascendentes, los productos de las casetas y los bocadillos de lomo a la plancha.

Al volver al coche con una copa de más, la que obsequiaban por la degustación, la noche tapada no hacía signos de revolucionarse. Pero fue entrar, poner las llaves en el contacto y tener que activar el parabrisas a media velocidad. El camino de vuelta a Martorell se hizo a velocidades cambiantes, en función de como apretaba la lluvia. Atravesamos cortinas de verdadero vendaval concentrado en menos de un kilómetro para llegar al aparcamiento situado debajo de los bloques de Ramón. Al llegar apenas chispeaba, pero se hacia raro no ver movimiento en las calles, más si cabe después de haber estado en un torrente de personas ansiosas por probar el brut de la cava de más renombre o el rosado recomendado por algún entendido por afición. En el aparcamiento paralelo al río Anoia solamente había tres coches, una furgoneta y un camión decorado por una marca de patatas fritas. El suelo estaba mojado hasta llegar a la entrada al edificio, lo cual indicaba que allí también había llovido. Aunque acostumbrados a un verano soleado, la naturaleza, la necesidad y la experiencia remarcan que tarde o temprano tienen que caer algunas gotas para recibir al otoño. Al margen de la molestia de coger el paraguas olvidado en maletero, no recaí en mirar al cielo. Así que subimos al piso de Ramón con una botella de cava y una caja de bombones.
-¿Qué tal, Jesús, cómo ha ido la feria, traéis hambre?- saludó Ramón en el momento de aparecer tras la puerta.

-Bien. Aquí llegamos con la tripa vacía, lo fácil ha sido aparcar- respondí bromeando sin darle importancia.

La suculenta cena entre cuatro amigos discursó ajenos a la tormenta que anegaba las calles del barrio. Hasta altas horas no nos percatamos de la intensidad del temporal, gracias a la luminosidad de los relámpagos y las ráfagas de aire que azotaban la balconera. Momentos antes las risas se fundían con la música que acompañaba la velada.
El semblante risueño acentuado por las copas acumuladas se truncó en el momento de la despedida. Antes de bajar nos asomamos al balcón, horrorizados. Podíamos observar como la fuerza del agua, que había sobrepasado el caudal natural del río, arrastraba los vehículos. Entre ellos el mío.

Con impotencia y resignación aprendí que el agua sigue su cauce, por muchos impedimentos que quieran poner las personas. Desde entonces me fijo en lo que imparte la naturaleza y en las barbaridades creadas por el hombre.

Las ilusiones de un aniversario

Una ráfaga de aire le susurró al oído tras haber entrado en la habitación por una rendija. Con el pelo alborotado y los ojos adormilados se levantó para ajustar la ventana y correr la cortina. Lucía un día claro y apacible pese a las fechas invernales en las que se encontraban. Agnés pensó en las posibilidades de un día así mientras colocaba una taza de leche en el microondas. Era una gran estudiante de bellas artes en la universidad de Barcelona y le encantaba el mundo de la fotografía, gracias a la herencia de toda una afición paterna. Siempre que tiene ocasión se la puede ver con su ojo tras la mirilla observando cualquier situación para inmortalizar.

Días atrás, vagando por internet, encontró la página web del pueblo y se enteró que el plazo para presentar el cartel de la fiesta mayor todavía estaba vigente, algo natural ya que aun faltaban unos cuatro meses para el evento. Esto fue motivo para animarse a participar y buscar una buena portada. Los concursos representan un trabajo de campo desproporcionado a la recompensa, pues la dedicación no certifica el premio y, en el entorno del arte, aún menos. La concepción de una buena obra es susceptible a la subjetividad del que la califica.

Situada en medio de la calle se sentó en silencio, acorde con esa mañana. Estaba bloqueada, no sabía en que fijarse hasta que escuchó a lo lejos varios chillidos de unos críos. Se le iluminó. El primer intento por captar una imagen surgirá en los aledaños de la escuela. Caminando en esa dirección pisó el nuevo asfalto de la plaza mayor a la espera de ser inaugurado, esquivando las vallas que prohíben el paso pero no dejan alternativa. Al pasar la panadería un croissant bañado en chocolate le gritó repentinamente desde el escaparate y no pudo oponerse a tal reclamo, ya que de tanto pensar se le olvidó el desayuno. Introdujo su reflex en la mochila para no mancharla y comenzó a engullir el mata gusanillos.

Siguió caminando hasta llegar a la Creu, un monumento católico tan usual como carente de significado en la mayoría de las últimas generaciones. En sus años de adolescente, éste representaba uno de los lugares de reunión en las noches de verano, sustituido en la actualidad por la Plaça Comènius. Desde allí, sentada en el banco, divisaba a niños corretear por el patio. Veía como jugaban al escondite, a pelota y al pilla-pilla. Decidió poner el objetivo de máximo aumento para poder captar expresiones. Hizo unas veinte fotografías de movimientos, caras de sorpresa, inocencia y picardía, a cuál más peculiar. Una voz le interrumpió la concentración. Apartó la visión de la mirilla y a lo lejos, en la escalinata de la entrada a la escuela, pudo ver a Jordi como le hacía señas para que se acercara. Recogió los bártulos y bajó hasta la puerta. Como director del centro le llamó la atención ver a alguien con una cámara centrada en el patio. Al ver que se trataba de Agnés le alivió, pero no tuvo ningún recato para ponerse serio y decirle que antes de actuar se necesita autorización para según que objetivos. La ley del paparazzi que nos enseñan los programas basura exime esta responsabilidad y vulnera con creces los límites de la intimidad. El caso no era tan drástico, aunque sí una situación embarazosa. Agnés le explicó el motivo y Jordi, que en sus ojos recordaba cuando la tenía como alumna, entendió la postura y se puso a cavilar. Conociendo la tendencia de la joven y las necesidades del centro le pasó por la cabeza elaborar un reportaje interno para crear una exposición dedicada a los cincuenta años que acababa de cumplir la escuela, como recuerdo al cambio de ubicación que en un futuro muy cercano padecería el colegio. Al ver la cara de entusiasmo que reflejaba, Jordi le preguntó si podría hacerlo para compensar la intrusión involuntaria. Agnés asintió con la cabeza sin cerciorarse de su “pecado” ni del volumen que podría acarrear un trabajo de tal índole. Sea como fuere, no sería inmediato. Solo saldría adelante con la subvención del ayuntamiento, para poder comprar lo necesario. El trato desinteresado de un exalumno, aunque embaucado por la idea de abaratar el gasto de un profesional, hay que remunerarlo por lo menos en lo material. La vocación a menudo es consumida por la avaricia de quien no entiende el significado de una colaboración.

El primer viernes de febrero, como habían acordado, Agnés acudió a la escuela, llamó al timbre y esperó un buen rato. Jordi salió con una tiza en la mano justificando la tardanza. Se saludaron amigablemente y ella se adelantó al director en el momento de entrar al recinto. Una nube de sensaciones se ciñó sobre su cabeza al cruzar la puerta metálica y bajar las escaleras. Cuantos recuerdos.

Debajo del porche de hormigón de la entrada, apoyando un pie en el gran escalón, le consultó a Jordi cómo quería enfocar el reportaje; con sólo fotografías o también con escritos, dibujos, recortes, etc. Él contestó que se dejara llevar por la intuición, tal como fuera un trabajo en clase de plástica donde el profesor libera la imaginación del alumno. Rienda suelta para expresar la visión de una artista, pues confiaba plenamente en la creatividad y responsabilidad de la joven Agnés, recreando su época estudiantil. Dicho esto, Jordi se adentró en el aula para proseguir la clase.

Me dejaré llevar por la evocación, pensó. Miró hacia arriba y, en un acto inconsciente, se tocó los codos y las rodillas. No tenían costra. Empezó a imaginarse con sus cuatro amigos del mismo curso correteando por el pasillo. Del recibidor bajó hacia la sala de profesores. No había nadie. Pasó por el comedor hasta el portal que conduce al patio y allí se aposentó, con la cámara en mano, dispuesta a fotografiar todos sus recuerdos.

 

“Abrimos el gran ventanal para llegar al patio y nos adentramos en el barco pirata. Teníamos la mejor embarcación del océano y tanto más su tripulación, formada por Edu el Limpiacharcos, Cintia la Espadachina, Unai el Vigilante y la capitana Agnés Patacoja. Remando con fuerza, entre olas y viento huracanado, ayudados por un catalejo conseguimos llegar hasta la isla de la cascada donde solían estar los grandes constructores. Uno de ellos nos pidió arrimar el hombro para acabar su mansión. Hicimos varias cubas de cemento y nos pusimos a construir las paredes. Una vez acabada la obra de ingeniería, el gran promotor agradecido nos indicó el camino hacia un tesoro y nos agasajó con un coche para poder viajar más rápido. Nos subimos los cuatro. Unai era el conductor de ese imponente descapotable. Después de unas cuantas curvas, acelerones, frenazos y algún mareo vimos la señal que nos indicó el constructor para encontrar el tesoro. De un salto salí del coche sin tener que abrir la puerta, me puse el sombrero de exploradora para ejercer de avanzadilla y comencé a descender por la ladera de la rocosa montaña. Entre la maleza pude divisar la Gruta de los Boliches de cristal. Guarecida, atenta pero regocijada detrás de un pino, me giré y alargué el brazo moviendo la muñeca con objeto de ondear la bandera para avisar al resto de la expedición. Se acercaron sigilosamente hasta donde me hallaba. Teníamos delante el tesoro; resultaba extraño que se pudiera acceder tan fácilmente. Repentinamente, nos asaltaron unos fantasmas ingentes que suscitaron la exaltación de nuestros reflejos en su máxima expresión, primero esquivando sus ataques y luego contrarrestando con nuestras espadas. La larga batalla se decantó a nuestro bando y así pudimos entrar en la gruta. Allí reposaban una docena de boliches y en el centro una esfera naranja. Me recogí el pelo con una coleta para poder agacharme, respiré hondo y con ambas manos toqué la esfera. Era de goma, algo deshinchada y gastada, pero con un gran valor. Los cuatro victoriosos retomamos la senda hasta la explanada, saltando y gritando jubilosos, con la pelota bajo el brazo. Un grupo de navegantes se cruzó en nuestro camino y nos retaron a un partido de Matar conills para jugarnos el premio. El encuentro fue muy disputado y equilibrado con lances a bocajarro, esquivos, pases, eliminaciones y recuperaciones. Fatigados por los acontecimientos y la derrota tuvimos un instante de relajación observando el pase de modelos de la escalera triangular. Varios vestidos danzando de escalón en escalón se sucedían entre la multitud de fotógrafos y admiradores. Un flash me cegó obligándome a retirar la mirada, tras unos segundos recuperé la visión pero necesitaba airearme. Me dirigía a la cascada para remojarme la cara cuando una voz me descolocó...”

 

Agnés sacudió un par de veces la cabeza, dejó por un instante la cámara colgando en el cuello, y miró al frente. Vio a un hombre agachado detrás de la valla, observándola. Algo temerosa se acercó dubitativa hasta que en la proximidad se le dibujó una sonrisa. Se trataba de Unai que trabajaba en la brigada municipal y estaba tratando de arreglar una cañería. Él era bastante tímido pero delante de Agnés se desinhibía gracias a la alongada amistad entre ambos, aunque últimamente no coincidían debido a la vida adulta, ceñida a sus obligaciones, responsabilidades y dependencias. Estuvieron hablando sin pensar en el tiempo hasta que escucharon el timbre que reclamaba a los niños acudir al comedor. Pasándose la mano, simulando un peine, por el cabello, expresando sensualidad inocente y mirando al suelo le dijo que si quería, le invitaba a comer en Ca l’Avi. Unai no se lo pensó dos veces. Mientras él guardaba las herramientas en la Pick-up Agnés se despedía de Jordi advirtiéndole que el trabajo de campo ya lo había realizado, que procedería, como le gustaba llamarlo, a la confección en laboratorio y a principios de la semana siguiente tener una reunión para ver el primer esbozo del singular reportaje. 

Troceando una butifarra y picando de la ensalada compartida atendía a las novedades de Unai, que trataba de ponerla al día en los eventos personales y en los cotilleos del pueblo. Al estar en la brigada se podía considerar un privilegiado en ese aspecto. Con los cafés en la mesa, servidos por David, decidió explicarle lo del reportaje para rememorar vivencias. Muchas carcajadas, guiños y achuchones acompañaron la velada que, sin querer, se estaba convirtiendo en una cita algo más que amistosa. El reloj pasó inadvertido bombeando más lento que el latido de ambos corazones. Con la excusa de necesitar ayuda para elegir fotos, Agnés le propuso ir a su piso. Lamentado por sus obligaciones laborales no pudo aceptar su oferta al instante, pero quedó en posponerlo para después de cenar.

La tarde pasó muy rápido en comparación a la infinidad de tareas por hacer que le pasaban por la mente. Primero fue poner orden y limpieza en el comedor, la cocina, el baño y la habitación. Acto seguido preparar un suculento pastel de chocolate para acompañar el café, llenar la cubitera y meterla en el congelador, ir a comprar refrescos y una botella de vodka, ya que el culo de la que tenía arrastraba demasiadas semanas en el armario. Después puso la minicadena en marcha para acompañarla en la ducha y simular una interpretación de su superestrella preferida. Cerró los ojos, esparciéndose el jabón por todo su cuerpo, nerviosa, imaginando que las caricias procedían del amor de su vida. Tras el momento íntimo salió relajada envuelta en la toalla para comenzar la auto sesión de peluquería. El sol ya se había despedido y aún le faltaba la decisión más difícil, elegir vestido. Una vez acicalada comió poca cosa sin que apenas se inmutara la nevera y, apresurada, se dio cuenta que no tenía preparado el motivo de la visita.

Encendió el ordenador, desembolsó la cámara y conectó el cable USB para traspasar las fotografías. Cuando empezó a descargarlas sonó el timbre y después de un ataque de supervisión acelerada se acercó hasta la puerta. Al abrirla le sorprendió un ramo de flores en primer plano, detrás lo sostenía Unai sin decir nada. Este gesto le encandiló transportándola a un estado de tontería general. Pasaron al salón, se sentaron delante de la pantalla y empezaron a ver las imágenes alternando sorbos de café y mordiscos del suculento pastel. Cuerpos en movimiento, un niño gritando, unos pies levantando polvo, una niña llorando, una pelota en el aire sobre brazos buscando su captura, etc. Las fotos se sucedían y cada vez prestaban menos atención hasta que las miradas se encontraron. Agnés le preguntó si le apetecía un cubata. Unai se quedó parado pensando y ella se dio cuenta que quizá no era la pregunta idónea. Recapacitó y se puso seria, se acercó lentamente con la mirada clavada en los ojos de Unai que respiraba nerviosismo. La pasión contenida desde niños se desató en aquel instante.

A la mañana siguiente el sonido del despertador exaltó el sueño de Agnés. Por un momento le pudo la incredulidad hasta que sintió como unos labios le recorrían la espalda. Después de amenizar el despertar se levantaron a desayunar. Una llamada rompió el clima de absentismo hacia el mundo, reclamaban a Unai su presencia inmediata en la pista polideportiva para descargar el material. Se le había ido el santo al cielo, pues ese mediodía estaba programada una comida popular, olvidada por completo desde el momento en que entró anoche en el piso. Existen drogas más fuertes que el alcohol u otras sustancias estupefacientes que seleccionan el concepto de la felicidad por cauces incontrolables.

La sonrisa permanecía intacta pese a la bronca del jefe apaciguada con la justificación de haberse quedado dormido. Todo el trabajo parecía más ameno, distribuyendo sillas, moviendo las mesas, hablando con los compañeros, ajustando la tarima y, más tarde, repartiendo bebidas, platos y cubiertos.

Entretanto, Agnés desactivó la hibernación del portátil para ponerse a trabajar con las fotos. La imagen que había quedado abierta era un plano general del edificio. Poco a poco, con dificultad, se fue concentrando al pasar una a una, entrando en materia, para hacer una selección.

Una reflejaba el comedor y se podía ver el patio a través de la balconada. La siguiente era una caja grande de cartón carcomido con el dibujo de una calavera en el lomo y telas atadas al palo de una escoba. En otras se veían: una fuente revestida de piedra; un cubo rojo de plástico tumbado en la arena; el mismo cubo lleno de agua apoyado en la rejilla de la fuente con barro alrededor; el contorno de un rectángulo marcado en el suelo con piedras y fango; una roca plana, alargada y saliente respecto al terreno; tres troncos difuminados por pequeños arbustos; una cavidad en el talud, al lado de un huerto; un palo clavado en el suelo y dos tirados entrecruzados; un montón de canicas y una pelota; la pista de tierra con una canasta al fondo, delante de los barracones prefabricados; las líneas de un terreno de juego marcadas con el arrastre de zapatillas; la escalera exterior que comunica el patio con la terraza superior accesible desde las aulas; o el zoom de un zapato de tacón en un escalón. La última le sorprendió al ver a Unai con la camiseta mojada sellando una tubería. No tenía noción de haberle hecho esta foto, pero al verla se volvió a desconcentrar.

Al final se quedó con dos docenas para retocarlas; limpiar zonas oscuras, borrar elementos que estorban, aumentar la nitidez, estilizar, remarcar el contorno, la textura o crear la imagen en sepia o en blanco y negro. En definitiva, utilizar filtros para extraer el mejor jugo sin distorsionar la idea.

El proceso sorprendió al fin de semana y, sin cerciorarse, los rayos de sol de la mañana del lunes entablaron la alerta con el compromiso del trabajo. Se levantó y se dirigió hacia el tren destino Barcelona. Antes de llegar a la estación dejó su pendrive en la tienda de su amigo Luís para revelar las fotografías seleccionadas en pequeño formato y contrastarlas en la reunión.

Sentada en la parte de ventanilla miraba como el paisaje cada vez se tornaba más urbano mientras repasaba mentalmente lo que tenía que comprar: láminas de cartón pluma, un cúter, pegamento en spray, abrillantador, cartulinas y un paquete de folios; aunque de compras siempre acababa adquiriendo cosas opuestas a las previstas. Bajó en Plaza Catalunya y se encaminó a pie ramblas abajo hasta la calle Ferran. Allí conocía a una tendera donde podía conseguir cualquier cosa relacionada con el arte a un precio muy competitivo. De hecho, se sentía como en casa debido a antiguas amistades de su madre. Cargada con todos los bártulos pasó por los alrededores de la catedral para introducirse en algún bar bohemio y fruto de una mera casualidad -así pensó ella- descubrió en la mesa del fondo a dos caras conocidas. Al acercarse estalló de alegría por tratarse de Edu y Cintia. Después de los como te va, qué es de tu vida, a que te dedicas,... les explicó la exposición que estaba preparando y que le encantaría reencontrarse con ellos en la inauguración. Mirando el calendario desde el móvil y pactando movimientos de pareja, aceptaron la invitación. El hallazgo le hizo alargar su estancia y cuando se intercambiaron los números de móvil pudo ver lo tarde que era. Se despidieron efusivamente hasta el próximo evento. Salió caminando alegre y ligera hacia el tren, pues tenía una hora y media para llegar a Martorell, recoger las fotos, comer algo y bajar a la Cadireta, donde había quedado con Jordi.

Un café solo recién exprimido yacía en la barra atento para mezclarse con los azucarillos. Exento al movimiento automático de su mano zarandeando el sobre, Jordi prestaba atención a los titulares del periódico mientras aspiraba tabaco negro. El soniquete de la puerta al abrirse le hizo levantar la mirada y ver a Agnés cargando una mochila con signos de haber venido contrarreloj. Lo primero fue saludar, pedirse un cortado y aposentarse en la silla. Después, tras encenderse un cigarrillo, empezó a sacar el material para contrastarlo con el director. No le había dado tiempo a echar un vistazo antes de que él cogiera el paquete de las 10x15. Su cara reflejaba desconcierto al no entender las fotografías. Con tono mesurado y amistoso le dio a entender que esto no tenía ni pies ni cabeza. Decepcionado le dijo que se trataba de una exposición vinculada a un echo histórico y merecía algo espectacular o atractivo y no unas fotos donde aparecen trastos viejos, rincones inertes o arte semblante a exposiciones de papanatas. Poco pudo debatir a tan rotunda opinión, abatida y desolada solo le transmitió que era el esbozo, que pensaba acompañarlo de una historia escrita con algunos dibujos y esculturas. Jordi, casi sin escucharla, le manifestó que le concedía otra oportunidad, que confiaba en su creatividad y que no quería ver otro esbozo, que lo vería el día de la inauguración sorprendido por su gran trabajo. Los aires de compasión y darle pena no le gustaron nada a Agnés. Decidió asentir a lo sí, guana y marcharse para pensar en una nueva idea, pero en su mente mantener la idea inicial y así ejecutarla.

Las semanas pasaron entre estudios, pensamientos, escritos y encuentros, sobretodo con Unai. La época se acercaba a la primavera que padecían los dos tortolitos. Simulando un estado de extraña embriaguez constante, la pareja no podía pasar ni un minuto separada, ya sea unida físicamente o basándose en mensajes telefónicos sin contenido. La felicidad te hace ver un mundo diferente, más acogedor, sin desgracias y maravillado por las cosas insignificantes.

A pocos días de la esperada exposición se sentía dubitativa. Había preparado los plafones de cartón-pluma con las fotos a gran escala, la historia escrita, dos dibujos al carboncillo de un grupo de alumnos, uno en clase y otro en el patio, una acuarela del edificio, una escultura del logotipo de la escuela y una maqueta del recinto. Todo lo había visto Unai, convertido en el ayudante para recortar etiquetas, pegar fotos o asistir en pequeños detalles.

Agnés no se sentía convencida. Constantemente le venía a la cabeza la cruel valoración del director. Tanto que incluso le hacía ver aquellas fotos vacías, sin alma. Por el contrario, Unai estaba maravillado con el trabajo de su amor, claramente influido, sin objetividad pero con fe ciega. Instinto que le pudo transmitir. Tenía que creer en lo que hacía. Se animó gracias a sus palabras y más aun, como si hubiera girado la tortilla, en las de Jordi, que cuestionaban los recuerdos de la infancia por una interpretación equivocada.

Llegó el día del estreno. Bien temprano acudieron con la furgoneta repleta de trastos. Se encontraron al director y, esta vez, el saludo fue bastante frío pero cordial. Les indicó la sala destinada a la exposición mientras les explicaba el planning previsto. Tenían dos horas hasta el momento de la inauguración. Luego desapareció para coordinar las distintas actividades programadas –música en directo, discursos, venta de souvenirs, juegos para niños, videos, catering,... -, pero antes advirtió a Agnés recordándole lo comentado tiempo atrás. La joven se sentía angustiada y presionada. Comenzaron a descargar el material, colgar los plafones y situar cada objeto según el criterio de la artista. Después de ver varias veces cada detalle le pidió a Unai que le acompañara a la furgoneta para hacer un cigarrillo. Al llegar se abrazó fuertemente a él y estalló a llorar. La saturación jugó en su contra. Incrédulo, sin saber que hacer, se limitó a responder el abrazo y tratar de calmarla. Tras un largo rato insistiendo en que no se preocupara, que lo hecho, hecho está y además con buen criterio, le secó las lágrimas y le hizo ver que así no hay que reaccionar, hay que defender las horas que se han dedicado creyendo en el buen hacer.

Llegó el momento. En la entrada esperaban unas cincuenta personas a la jornada de puertas abiertas tan especial. La música empezó a sonar mientras bajaban la escalinata. Agnés permanecía temblorosa en la puerta de la sala con cara de circunstancias. La sonrisa de su madre orgullosa le calmó definitivamente. Acto seguido se apartó de la puerta, como para dejar pasar a la gente. Se esperó fuera un instante cerrando los ojos, tal como si fuera un avestruz. Desde allí pudo escuchar alaridos, risas y gritos de asombro. Entró, incrédula, intentando entender como había calado su idea en la gente. Antes de poder acercarse apareció Jordi delante de ella y le dio un abrazo. Estaba muy impresionado y agradecido, cosa que la desconcertó del todo. Cada vez más gente entraba y tanta la felicitaba por el gran trabajo. Vio a lo lejos a Unai hablando con Edu y Cintia, que acababan de llegar. Agnés se acercó a ellos y decidió ver la exposición acompañada de sus amigos.

Se le quedó la boca abierta. Las fotos habían cobrado vida, en las imágenes estaban ellos, de pequeños y otros compañeros de diferentes generaciones partícipes en la misma historia.

La magia de un recuerdo sumerge a quien lo ha vivido.

 

Primer premio Mercè Rodoreda de Castellví de Rosanes 2009

Dani Harris

En alerta

Hasta que decidimos volver a colgarla en la pared, pasaron varios días. La escopeta había permanecido intacta, como mero elemento ornamental, pero cargada con munición suficiente para espantar a lo indeseable.

Aquella noche, los ruidos en la terraza aumentaron la tensión, sobretodo cuando un delicado vaivén intentaba accionar el bombín de la puerta. Después de haber acudido al salón con pijama y legañas, aguardamos enfrente hasta que se abrió. Sin mirar apreté el gatillo y, para mi sorpresa, solo emitió un estruendo considerable. Asumiendo que podía haber matado, conseguimos aullentar la intrusión a base de ruido. Las armas las carga el diablo, algunas más ajadas que otras.

 

Dani Harris

Aldea del miedo

 

 

Bajo la luz del tenue quinqué

se precia la manta que cubre mi piel.

Un soplido hace engañar el aliento,

desde lo pasado, hambre es silencio

 

Día sin semblante, falto de polvo de hada,

apenas guiaba a caballeros de posada.

El pequeño monte apadrina mi lugar.

Destino que quiso el desastre observar

 

La aldea pronto quedó sucumbida.

Se mueve la tierra enfurecida.

No crees en el fruto de la despreocupación

que hace reaccionar ante la destrucción.

 

Mañana verás como arrasó con todo

el poder natural, magia para nosotros.

Ser vigilante de la puerta encantada

me salvó entre la penumbra y la muerte.

 

Familias enteras se las llevó la corriente,

amigos que jamás vendrán para verte.

Solo en medio del agravio magno,

avanzar es un paso demasiado alto

 

Gracias a entes de mundos lejanos

llega la ayuda de elfos y enanos.

Volver a empezar la vida de nuevo.

Tambores de paz, en la aldea del miedo

 

Dani Harris

Refugiados

 

 

Ruido aparatoso, cruda realidad.

Color engañoso, refugio para salvar.

 

Doce de la noche en la ciudad,

fuegos artificiales parecen estallar,

niños asombrados por tal estruendo,

historia de terror convierte al cuento.

 

Solo se ve gente asustada,

hay que correr, madurar en la niñez.

Crios pasando la batalla

y renacer, llegar a la vejez.

 

Ruido aparatoso, cruda realidad.

Color engañoso, refugio para salvar.

 

Lejos del hogar y asi escapar

en otro mundo sin conocer,

alma perdida a recuperar.

Culpa a corbatas tomando el té.

 

Ruido aparatoso, cruda realidad.

Color engañoso, refugio para salvar.

 

Mueven tanques, caen bombas.

No es un juego, ¡veo sombras!

 

 

Dani Harris

Infinit

 “La vida passa de pressa, però s’ha de saber com viure-la. Tot i que no només hi ha una manera. Trobar el que penses pot ser difícil i exigir aquest ideal és plantejar la dificultat d’un inconformista, cal esforçar-se per millorar. La tranquil·litat de disfrutar forma part d’una vida optimista i arrelada al que tens per, així, valorar-ho.”

 

Entrem dins una època temps enllà...

Miquel és el meu nom i visc com a ferrer als dominis del Castell de Sant Jaume. Ahir vaig tenir una profunda reflexió després de viure una situació peculiar:

 

Un aire fresc penetra dins la manta i troba els meus peus. Al llit de palla s’hi està còmode quan estàs cansat però l’hivern passa factura. Obro un ull i un raig de llum desvela que el dia comença. La guàrdia reclama el relleu al so d’una trompeta enèrgica, això em fa recordar que ahir no vaig acabar les ferradures manades pel Guillem. No em queda més remei que aixecar-me.

 

-Bon dia, senyor!– saludà en Martí, amb un somriure sota el nas observant la meva cara d’endormiscat.

-Bon dia, Martí. Com has passat la nit, tenim algun nou encàrrec?- vaig respondre mentre em gratava la cara amb l’ànim de despertar-la.

-No, portem dies de tranquil·litat, i que duri!– va contestar

 

Abans d’acomiadar-se em va ensenyar les feines que restaven per fer i va sortir a buscar llenya per avivar el forn. Uns instants després vaig veure aparèixer el meu amic Arnau. Vam petar la xerrada i em va explicar la idea que portàvem des de dies enrera.

-Tenemos que ir a visitar “La cova d’en Matagall”. Me han explicado que allí puedes encontrarte caminantes y almas misteriosas.– explicava entusiasmat.

-Doncs tot es proposar-ho, quan la tarda amagui el sol ens trobem a la Taverna del Senglar.- Li vaig comunicar i ens vam acomiadar fins després.

 

La jornada va ser intensa i productiva. Ara només quedava pujar al castell i vestir als cabals d’en Guillem amb les noves ferradures. En Martí va carregar el sarró al ruc i ens vam encaminar cap a l’estable. Allà també hi era la Farnés, pentinant les bèsties. Una amiga d’ençà que vaig venir a viure, participativa i amb ganes d’aportar idees al poblat. Ella es dedicava a cuidar els cabals i les dependències del burgès, cosa que ens tenia en contacte molt sovint. A més, érem companys de sortides i grans sopars.

 

-Aquest vespre he quedat amb l’Arnau a la Taverna, que et sembla, et deixaràs caure?- vaig comentar-li.

-M’ho penso i et dic alguna cosa. Em passaré per l’herberia un cop hagi menjat quelcom, últimament em volten moltes coses pel cap.- va respondre pensativa i seriosa.

-No pateixis, dona. Sé que no estàs en un bon moment i penso que sortir una mica de la rutina sempre és una bona teràpia. Per això estan els amics, ja veuràs com tot s’arregla.- li comentava amb la intenció d’animar-la, ajudat d’una abraçada.

 

Al tornar cap a la ferreria vaig baixar pensant com ajudar la Farnés. Havia patit problemes sentimentals amb un pagès dels camps de Can Abat, sumat al recent allunyament dels seus pares. Viu en un malson i s’ha de girar la truita per fer-li veure l’ampolla mig plena. El temps i les noves experiències marcaran el camí per oblidar els mals moments.  

 

Ja és mitja tarda i el sol s’està apunt de perdre darrera les muntanyes. Nedant sempre entre bons vins, a la barra s’hi troba en Purruc. És un xicot entès en l’art de les begudes, omnipresent en qualsevol celebració. Potser és qui coneix millor els desamors del poblat, ja que és al Senglar on s’ofeguen totes les penes i s’enlluernen les alegries.

 

-Una pinta Purruc!- li demano des de la taula on acostumem a trobar-nos l’Arnau i jo.

-Que en siguin dues, que avui ens ho mereixem!- cridà l’Arnau quasi abans d’obrir la porta. -Iep, Miquel! ¿Cómo ha ido el día, estás preparado para la excursión?- deia com fent-se la pregunta a ell mateix.

-I tant! Per cert potser ve la Far..., bé aquí la tenim- la Farnés apareixia arreglada, amb els cabells lliures i desprenent la seva bellesa. –Hola, al final t’has engrescat a venir, així m’agrada.- li deia amb cara de felicitat.

-He sentit veus que voleu anar a la cova d’en Matagall, oi? Poca gent d’aquí vol parlar d’aquest indret. Què deu tenir? Heu estat mai?- preguntava la Farnés encuriosida.

 

Com si només el fet de parlar del lloc donés dosis de misteri. La imaginació d’allò que no coneixes fa perdre la realitat i reflexa idees contraposades.

 

Els tres ens vam posar al dia entre nosaltres, acompanyats de bona cervesa. L’Arnau portava poc temps al poblat, però arrel de les festes de Can Xandri vam establir una amistat ferma i creixent. El poder d’algú on puguis confiar els teus pensaments, secrets i opinions més profundes és molt rellevant. Així doncs, va arribar el moment d’apropar-nos a la cova. Baixem pel camí de la Mina amb cautela accentuada, amb els sentits en alerta detectant cada moviment, cada soroll. Mica en mica, el bosc tancava el pas a la lluna donant una foscor imponent. Tots tres caminàvem a poc a poc i plegats, com si tinguéssim un mal presagi. De sobte el so d’un violí va eclipsar la nostra oïda. A mida que anàvem avançant es sentia amb més claredat i la melodia ens va fer oblidar les pors del viarany. Vam girar a l’esquerra i, passats uns matolls, vam apreciar una claror d’espelma. És la cova, on hom pot entrar sense prejudicis ni obligacions a aparentar el que no ets. A l’instant d’entrar vaig notar que algú em posava la mà a l’esquena, l’Arnau i la Farnés no podien ser ja que ells estaven davant meu. Això em va fer saltar i al girar-me tot d’una vaig veure una cara coneguda, però no sabia d’on.

 

-Quin ensurt! Et conec d’algun lloc, veritat?- vaig reaccionar entre esbufegades profundes.

-Benvingut a la cova, Miquel de Castellvell. Doncs sí, en Martí ve a buscar material de tant en tant. I més d’un cop he visitat la ferreria on treballes.- s’explicava aquell home darrera del fum d’una pipa que xuclava entre frase i frase. –Endavant, estigueu com a casa!- va cridar aquell estrany personatge.

 

Per entrar havies de baixar uns quants graons, que semblaven propis de l’arrel d’un arbre mil·lenari. La música continuava sonant i la cara de fascinació de nosaltres tres va efectuar un somriure als quatre músics que decoraven la tasca. Un violí, una flauta, un banjo i un tamborí. Ens arraconem en un petit espai que quedava lliure, seiem i de seguida ens serveixen tres cerveses. A raó de les faccions i les vestimentes, la majoria de les persones allà presents no eren d’aquest costat del riu, de lluny, de molt lluny. L’Arnau observava a un grup de joves que jugaven a fer punteria a un barril de cervesa amb fletxes molt petites llençades amb la mà. Mentre la Farnés i jo admiràvem les qualitats de la violinista, potser amb perspectives diferents. En acabar una cançó la noia del violí es va fixar amb la Farnés i va cedir el lloc a un altre noi per apropar-se a la nostra taula.

 

-¿Cómo estáis?, me alegra ver que gente de esta zona también sale por la noche. Normalmente, los de aquí piensan que somos delincuentes y quizá la cova es nuestro refugio. Encantada de conoceros!- va dir la noia amb una mirada de gratitut.   

-El placer es nuestro, hemos oido hablar del Matagall pero dicen que es un sitio peligroso.- va avançar l’Arnau.

-Quizá es que no somos de aquí y alguna gente mala de fuera ha sembrado la fama. Nosotros respetamos y pretendemos que sea recíproco.- va replicar la noia. –Por cierto, me llamo Nur-

 

La nit va anar passant i a base de parlar amb la Nur ens va obrir la concepció que teníem de la gent forània. Jo comentava que és difícil la convivència, tot i que és possible si per una banda es rep amb hospitalitat i per l’altra s’adapta al funcionament d’allà on vas. Vam deliberar sobre el món i com canviar la forma d’actuar en segons quines situacions. També van sortir temes sentimentals i d’aquest la Nur en va derivar una cançó. Es va aixecar i mirant al flautista començà a entonar notes amb una veu màgica. La cançó deia així:

 

Cada paso que das invades el infinito,

horizonte al alcance de todos y de nadie,

visto como una pesadilla en malas épocas,

deseo de sueños en buena armonía.

Llegar hasta el infinito presagia esperanza

da fuerzas en graves adversidades,

ilusión y cariño, sobretodo unión.

 

Para mal es un viacrucis casi imposible

de resistir solo mantenido por la familia,

la paciencia nos ayuda a buscar lo contrario.

 

Para bien es llegar a lo máximo

sentir que quieres, saber que amas

tener tu vida siempre a tu lado

compartir experiencias hasta lo impensable.

 

En definitiva, unión, amor y

esperanza es lo que cada uno tiene

que buscar para encontrar el infinito.

 

Això ens va fer reflexionar, sobretot a la Farnés, que tenia present els plors de la nit passada. La Nur va mirar-la fixament i, amb cara d’aprovació, va entendre que no es trobava en el seu millor moment. Tot d’una es va apropar a la Farnés i a cau d’orella li xiuxiuejà. Acte seguit es van dirigir cap al fons de la cova.

 

Nosaltres dos restàvem a la taula, intranquils i desconcertats. Així que ens vàrem limitar a seguir els estranys impulsos d’un ambient encandilat, aixecant-nos i endinsant-nos cap a on havien desaparegut. Cada pas endavant es transformava en una estranya boira, citada a ser respectada. De sobte, es va enfosquir l’espai, com fruit d’alguna fetilleria, que amb prou feines ens deixava entreveure les nostres cares. A les palpentes, vam aconseguir deduir que romaníem junts a aquella negror espessa i penetrant. La reserva envaïa cada moviment, cauts, atents, en tensió; havíem de pensar amb l’objectiu de trobar a la Farnés. Topàvem amb les parets, pedres o branques. No vèiem cap sortida o indicis de qualsevol cosa que fós una pista.

 

-¿Qué podemos hacer?- preguntava l’Arnau en veu molt baixa i tremolosa.

-No ho sé, però sobretot no ens hem de separar!- vaig respondre alterat, també amb el neguit d’haver caigut en algun parany.

 

Quan la desesperació i l’esgotament penjaven d’un fil relliscós i fi, una potent i brillant llum ens va encegar causant, com a acte reflex, un ablaniment d’esquena contra esquena. Amb els ulls entreoberts vaig poder distingir una silueta. Sense temps per a reaccionar vam escoltar una veu greu però tranquil·litzadora i amable; així, ens vam adonar que l’esdeveniment no era fruit d’una coincidència. Es va sentir... vosaltres sou els escollits!

 

A mida que els ulls s’anaven acostumant vam apreciar que ens trobàvem dins una sala de vidre i, just al costat, teníem al motiu de la nostra recerca, la Farnés i la Nur. Al fons hi havia una figura inmòbil encara que relaxada. Sense saber-ho estaven presenciant la troballa d’un mag que des de temps remots havia guardat la seva identitat, àdhuc per sobre de les llegendes. Es feia anomenar Meigöth.

 

Els quatre, esbalaïts i anihilats per la consecució dels esdeveniments, flotàvem perduts en un món de fantasia o això ens semblava estar veient. Però, de sobte, un gest del mag va fer que caiguéssin dins d’aquesta extranya il·lusió. De la figura es van escoltar unes frases en un idioma desconegut pels allà presents. Ho tornà a repetir traduït... ¡Soy el rey de los duendes y he llamado a vuestro corazón para actuar frente a la injusticia y el dolor!

 

Poc a poc vam anar asimilant que les nostres vides ja no tornarien a ser com abans. El subirà va continuar amb la seva particular benvinguda, donant pas als seus homònims. Aquells éssers s’havien convertit en una escola de valors i remeis amb la misió d’exercir ensenyament als joves intrèpids. Un d’ells començà a narrar històries moralistes i una d’aquelles expressava, ambientada en una època propera, el que és capaç de fer l’amor davant de la distància i les guerres... Una de les aventures explicades per un altre lacai va ser la recerca de la superació entre les pors que produeix la ment degut a deterninats escenaris... Altra exposició fou la referida als fets que, al llarg dels segles, invaïan les accions i els prejudicis. No tot or és lluent, sempre han existit la censura i les tapaderes... L’últim consell traduït amb una història donava referència a una catàstrofe engendrada per la pròpia natura en resposta al mal rebut, reflexant els camins d’onades impactant a la terra...

 

Sense noció del temps transcorrien la doctrina causant en nosaltres una transformació inusitada. Erem partíceps d’un passadís de pensaments on a mida que succeïen provocaven la comprensió dels aprenents. Inconscients vàrem adquirir poders pel simple fet de debatre els diferents escenaris. En el moment que el consens va reconéixer que estàvem preparats, Meigöth ens va nomenar successors d’aquell regne fictici. Un protocol màgic i portentós com a preludi a la primera missió que ens va encomanar. Cadascú experimetaria situacions, per separat, al voltant del món real.

 

La Farnés va viure les injustícies sotmeses a persones innocents, els límits de la paciència i la serenor davant situacions complicades... L’Arnau va tenir l’angoixant ocasió de veure les cruels i doloroses seqüeles d’una guerra, el desemparament i la impotència darrera les decisions materialistes i perverses d’individus sense escrúpuls... La Nur va aprendre recaient al costat d’una persona la qual no es percatava del seu enamorament boig envers la seva companyia sentimental fins que la perd. Per a valorar i viure el primer és cerciorar-se dels sentiments... Jo vaig intuir la por d’una dona davant el maltractament psicològic i la necessitat de superació o ensorrament...

 

Després de la varietat d’experiències viscudes es va concertar un concili sota la tutela del Rei dels follets. En l’esdeveniment cadascú va presentar la situació en la qual s’havia submergit, obrint un debat conjunt per així exprémer el suc de les històries treient conclusions i realçant el significats dels actes, que justifiquen les dites, opinions, esforços o actituds dels involucrats.

 

El canal, arropat per la brisa de la oratòria, era la via que va presenciar el coneixement adquirit. Moment idòni per a fer una reflexió basada en el sentit d’expressions atretes per la barreja d’emocions. Aquesta lectura va ser el colofó dels arguments compresos i valorats, ja que engloben a tot tipus de sensacions. L’estat d’ànim originat per determinades impressions, com a reacció espontània cap als diferents trets, es produeix degut a reaccions de la mateixa naturalesa. En posterioritat a l’intercanvi d’impressions vam entreveure els punts que determinen el present i vam entendre la tasca promoguda pel sobirà.

 

Una vegada acabada la primera missió amb èxit, els deixebles vam ser guiats pel sabi Meigöth per a la següent i difícil obra: lluitar per un món coherent i armoniós. El mag ens retornà al final de la cova i entre la boira es va despedir amb un fins després, doncs seria el nostre conseller en aventures venidores. Els quatre vam adquirir una maduresa notòria i actuàvem amb una seguretat esbalaïdora.

 

Encara queda molt a fer!

 

Es parla que entre les muntanyes a un grup de follets pots veure, cada membre té un gran poder, i si els veus... la vida valoraràs!

 

Dani Harris

2on Premi Concurs Literari Mercè Rodoreda de Castellví de Rosanes'08

Contador

Érase una vez un muchacho revoltoso que vivía cerca de la gran ciudad. Le gustaba mucho ir en bicicleta por la sierra del norte junto a sus amigos. Un día, en plena ascensión, se desmarcó de todos dejándolos a unos quinientos metros. En un chasquido de explosión pudo ver un gran reloj en medio del camino. Se acercó y el impulso natural fue cogerlo, pero pesaba tanto que le hizo caer. El contador de agujas pareció introducirse en su cuerpo. Años pasaron y, gracias a saber administrar los tiempos, se ha convertido en el más grande de los ciclistas.

 

Dani Harris

Batería íntimo

Ese tic tac que escuchamos hace rato, me está matando. Intento ponerle contratiempos, redobles o tercetos, pero es demasiado rápido. El tema lo ensayé a un ritmo más lento, pero entonces no camina. Tenemos que grabarlo y no me encuentro.

Concentrado en los cascos dejé que las baquetas siguieran su impulso. Había conseguido relajarme. Al aislarme pude con la canción, las firmas, el éxito y la lluvia de conciertos.

En el garaje, encauzando los problemas a base de aporrear la batería, la pila del mp3 se consumió justo en uno de los solos para recordarme que tenía que ir a trabajar. Otro día seré una estrella.

 

Dani Harris

Nuevos soportes sin personalidad

No quedaban libros salvo para nostálgicos. Asimilando, de mala gana, pasar a parte de la historia de igual modo que las cartas frente al correo electrónico. Hay que pasar página, en papel, retomar los hábitos.

 

Dani Harris

Retraso afortunado

-Por cierto, ¿hoy es domingo?- preguntó Sandro a su compañero de borrachera.

La cara de Gabino le advirtió en su errónea apreciación. Era lunes por la noche y según su billete tendría que haber estado a las siete en la terminal. La visita duraba una semana y, como si estuviera de Erasmus, había perdido la noción del tiempo. Le dio un último sorbo al ron-cola y se presentó en el aeropuerto. Con signos de embriagez se quedó inmóvil delante de la azafata, con el billete en la mano.

-Lo sentimos, señor Pérez, hemos conseguido que en dos horas salga su avión tras la avería.

 

 

Dani Harris

El medio

La alarma social está regida por la cultura de los medios de comunicación. Todo vende, a cuál más efectista y azarosa sea la situación. En el fondo, existe la necesidad humana de analizar los miedos para, de alguna manera, afrontarlos. Ésta premisa enuncia la crisis con ánimo de ser noticia haciendo un desproporcionado abuso del plató in situ. La noción del despilfarro crea una controversia con el objetivo de la persona de a pie: buscar una vida próspera y apacible.

 

Dani Harris

Contradicción relajante

-¡Aquí vinimos a descansar!- refunfuñó Matías.

El burbujeo constante en un cuerpo relajado influye gratamente justo en aquel instante. Poder estirarte y dejar el pensamiento en blanco, tras haber surcado caminos ondulantes por la montaña, es un premio. Pero el cansancio estalla sin pensar, atontando cada músculo.

-Cierra los ojos y déjate llevar- respondió Anabel con una expresión más apropiada para otro escenario.

Fueron cambiando de piscina a ducha, de jacuzzy a sauna, valorando cada espacio. La relajación te transporta a un estado de excitación un poco contradictorio al objetivo.

Tres horas más tarde, cayeron rendidos en el hotel.

 

Dani Harris

Pasión de una ala rota

Cuando viera su dibujo sobre la Inmaculada Concepción... -pensó Eduardo en un alarde de positivismo.

María era una monja agraciada. Le encantaba el arte que desprenden las iglesias. Regentaba una sala donde tenía la posibilidad de desinhibirse ante un lienzo en blanco.

Eduardo acudía los domingos para dar la misa y en un arrebato de lo que no predicaba provocó un encuentro a puerta cerrada. Primero observaron los imponentes frescos de la artista y, acto seguido, la pasión de María se tornó hacia él.

Lamentablemente las altas esferas se cercioraron y aplicaron el concepto de clausura.

El cuadro, en la capilla, acompaña a las lágrimas del amor perdido.

 

Dani Harris

 

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